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martes, 7 de julio de 2009
El futuro según Microsoft
¿Qué os parece? ¿Os véis utilizando esta tecnología en el 2019? Mirando hacia atrás ¿los medios digitales actuales han evolucionado tanto en los últimos diez años?
sábado, 4 de julio de 2009
El poder de las redes o la importancia de estar conectado
Ahora mismo se habla de la importancia de las redes sociales y de la nueva forma de relación entre las personas. Se está produciendo una evolución desde la sociedad postmoderna, donde apareció Internet y se utilizaba como un gran almacén de información, hacia la sociedad que algunos denominan netmoderna, en la que predominan las relaciones sociales en red y comienzan a funcionar las sociedades virtuales.
Sin embargo, el concepto de red, lo que significa estar conectado y de lo que supone formar parte de una de ellas no es algo nuevo. José de la Peña Aznar, de Fundación Telefónica, nos descubre en su artículo "La magia de las redes" los inicios del "fenómeno red", el porqué de la importancia de pertenecer a una de ellas y de cómo el futuro se presenta, necesariamente, "enredado".
LA MAGIA DE LAS REDES
La revolución que ha supuesto Internet para todos los ámbitos de nuestras vidas es tan sorprendente que parece mágica. Este interesante artículo analiza esa gran chistera que es la Red de Redes.
En la primera década del siglo XXI, una de nuestras principales preocupaciones es estar conectados a una red, a Internet. Estar conectados ahora es sinónimo de relaciones, información, transacciones, de estar al día, etc.; mientras que estar desconectados nos relega al otro lado de la brecha digital. Aparentemente, todo el conocimiento puede de un modo u otro ser accesible con la ayuda de los buscadores y del propio criterio de lectura. La Red nos da un gran poder para mantenernos competitivos en el mercado laboral, para disfrutar del ocio y para ganar oportunidades a través de otras redes, las redes sociales.
Las redes de la historia contemporánea
Esto no es nada nuevo; hace 100 años, en la primera década del siglo XX, nuestros bisabuelos también querían permanecer conectados a la nueva red del momento, la que daba acceso a un nuevo mundo de ventajas y adelantos: la nueva red eléctrica. Esa red proporcionaba la energía necesaria para iluminar y para hacer funcionar un nuevo aparato –la radio–, que conectaba a los hogares de la época con el mundo, con los espectáculos, con la música, con las noticias, y todo sin salir del refugio del hogar.
Ésa fue la primera experiencia colectiva de que las barreras del espacio podían romperse por medio de la tecnología. También los pueblos y las ciudades habían peleado unos con otros unos años antes para que por ellos pasara otra gran red, la de ferrocarriles. Tener una estación era tener el potencial de ir a cualquier lugar cubierto por la red, incluso del extranjero; otra cosa es que uno tuviera el valor y el dinero para hacerlo, pero la red llenaba a esos pueblos de unas oportunidades que no tenían los que estaban más alejados de ella, desconectados. Los pueblos conectados a la red prosperaban a expensas de los otros, de los aislados. El valor de la red se plasmaba en esta riqueza sobrevenida.
Lo mismo pasaría años más tarde con la red de carreteras, con la red sanitaria, con la red educativa, etc. Una red dota a sus nodos de una riqueza enorme, de una riqueza potencial, sólo por pertenecer a ella. Es el valor de las oportunidades, que no necesitan siquiera hacerse realidad; el valor es un valor potencial, intangible.
El valor de las redes
Existe una ley teórica aplicable a las redes y que permite establecer matemáticamente su valor, la Ley de Metcalfe, que dice que el valor de una red de comunicaciones con n nodos aumenta proporcionalmente al cuadrado del número de usuarios del sistema (n²). Esta ley se aplica a redes telefónicas y a todo tipo de redes físicas y sociales, a usuarios de sistemas operativos o de aplicaciones, etc. Hay sesudos estudios que la cuestionan y aproximan más su valor a una función del tipo n*log(n).
No es mi interés entrar aquí en estos cálculos, pero lo que viene a mostrar esta ley (enunciada por primera vez por Robert M. Metcalfe, el inventor de Ethernet en la década de 1970) es el rápido aumento del valor de una red debido al aumento de sus nodos. Muchas de las desorbitadas valoraciones de empresas de Internet a finales del siglo XX, en la burbuja de las “puntocom”, se basaban en sus cálculos a partir de esta ley. Hoy, en pleno boom de las nuevas redes, las redes sociales (LinkedIn, Xing, Facebook, Orkut, MySpace, etc.), se vuelve a plantear el tema del valor de una red y de si dicha ley refleja o no este nuevo fenómeno.
Al mismo tiempo existe quien enuncia una ley inversa a la de Metcalfe, bajo la consideración de que la privacidad y la seguridad de una red son inversamente proporcionales al cuadrado de sus miembros. Es una clara alusión a uno de los principales problemas emergentes, la vulnerabilidad de los datos en las redes sociales.
Las propiedades emergentes son otro de los maravillosos resultados de las redes. Existen propiedades que no poseen los miembros individuales pero que sí emergen de la red; por ejemplo, una hormiga es un animal con un comportamiento bastante simple y con reglas muy definidas; sin embargo, un hormiguero posee un comportamiento complejo, muy flexible y fruto de la interacción entre sus miembros. Así, la teoría de la complejidad ha dejado de considerar el mundo en función del análisis de sus componentes individuales y ha pasado a entenderlo en virtud de sus redes y, sobre todo, de las interacciones de sus elementos.
El valor de la interacción
Lo que sí es evidente es que una red es más valiosa cuanto más interconectada está, puesto que permite más interacciones. Un ejemplo es el cerebro humano; el estudio de la fisiología de una neurona da pocas pistas sobre el verdadero potencial de un cerebro, del mismo modo que el estudio de un bloque de piedra nos dice poco sobre una catedral. Lo que verdaderamente nos da idea del valor de un cerebro es saber que en él existen cien mil millones de neuronas y que cada una de ellas puede tener hasta mil conexiones con otras, lo que da un valor de más de cien billones de sinapsis, de potenciales lugares de interacción química eléctrica, para almacenar recuerdos, tener emociones, procesar un pensamiento o una información, etc. Así, el consejo de la psicología actual, dada la plasticidad del cerebro, es estimular a éste con música, juegos, deporte, etc., en las etapas tempranas de la vida para configurarlo muy rico en conexiones, en nuevos caminos y, por tanto, hacerlo más apto para encontrar diferentes alternativas de interconexión, lo que debería configurar un organismo más rico en pensamiento y creatividad.
Internet hoy nos muestra un comportamiento similar. Las interacciones entre sus nodos, entre las personas que lo usan, se han multiplicado y con ellas ha surgido una creatividad fruto de la colaboración y la innovación en grupo, con personas situadas en diferentes lugares físicos del planeta. Grupos de no expertos pueden configurar redes con un potencial de conocimiento comparable al de centros de investigación. Esta idea me trae a la memoria una frase de un libro de Jorge Wagensberg, director del Museo de las Ciencias de Barcelona, a propósito de la colaboración y el diálogo: «Conversar es una buena idea porque, en general, no ignoramos lo mismo».
Así, las tecnologías actuales han multiplicado la conectividad y las interacciones. Antes de Internet, cuando un adolescente se encerraba en su cuarto con su ordenador se estaba aislando del mundo. Hoy cuando lo hace está más conectado con el mundo y es más dialogante que el resto de su familia que está viendo en ese momento la televisión, aunque aparentemente no lo parezca. El nuevo conjunto de tecnologías y servicios de Internet (blogs, wikis, redes sociales, etc.) que se ha venido a denominar con el “técnico” nombre de Web 2.0 como si fuera la fase 2 de algún proyecto, es sobre todo interacción, herramientas que facilitan el diálogo y la colaboración entre iguales.
Kevin Kelly en una charla sobre los 5.000 días de Internet ya pasados y los 5.000 próximos (véase http://www.Ted.com) valoraba las dimensiones de la Red en cifras de este modo: 55 billones (millones de millones) de enlaces entre páginas; 100.000 millones de clics por día; 8 terabytes de tráfico por segundo (media biblioteca del Congreso de los EEUU, 17 millones de libros, pasando por la Red cada segundo); 1.000 millones de chips de PC conectados por Internet; 2 millones de correos electrónicos por segundo y 1 millón de mensajes instantáneos por segundo.
Pensar en términos de red
En términos físicos y meramente comparativos, Kelly consideraba que en el año 2040 la capacidad de la Web superaría la capacidad de procesamiento de la humanidad, de todos los cerebros juntos de los seres humanos vivos. De este modo, la Red se convierte en la mayor y más fiable máquina creada jamás por el hombre en su historia. Una red que ya consume casi el 5 por ciento de la electricidad mundial y cuyo camino tecnológico la conduce a una deslocalización progresiva de los procesadores desde el interior de las máquinas (PC, móviles, automóviles, televisiones, etc.) hacia el exterior, hacia todos los elementos que nos rodean (relojes, puertas, ventanas, camas, farolas, semáforos, etc.), hasta conseguir una “Internet de las cosas interconectadas e interactivas”. Ésta sería la última frontera de las redes, la Internet de las cosas, la nube de procesadores, dentro de la que viviríamos y con la que interaccionaríamos en cada momento, no sólo cuando, como ahora, nos decidimos a conectarnos a Internet.
Tenemos mucho camino tecnológico por recorrer que es difícil de prever. Lo que sí parece cierto es que las redes van a ser el elemento clave de esta evolución. Hay que planificar y pensar en términos de redes y de propiedades emergentes, no sólo de individuos. Las empresas que estén detrás de estas redes, que sean importantes para ellas, serán imprescindibles en el futuro y ésta puede ser una de las claves de la supervivencia. ¡Larga vida a las redes!
Autor: José de la Peña Aznar de Fundación Telefónica
«Artículo publicado en el nº 78 de la revista TELOS»
Disponible en: http://sociedaddelainformacion.telefonica.es/jsp/articulos/detalle.jsp?elem=8685
LA MAGIA DE LAS REDES
La revolución que ha supuesto Internet para todos los ámbitos de nuestras vidas es tan sorprendente que parece mágica. Este interesante artículo analiza esa gran chistera que es la Red de Redes.
En la primera década del siglo XXI, una de nuestras principales preocupaciones es estar conectados a una red, a Internet. Estar conectados ahora es sinónimo de relaciones, información, transacciones, de estar al día, etc.; mientras que estar desconectados nos relega al otro lado de la brecha digital. Aparentemente, todo el conocimiento puede de un modo u otro ser accesible con la ayuda de los buscadores y del propio criterio de lectura. La Red nos da un gran poder para mantenernos competitivos en el mercado laboral, para disfrutar del ocio y para ganar oportunidades a través de otras redes, las redes sociales.
Las redes de la historia contemporánea
Esto no es nada nuevo; hace 100 años, en la primera década del siglo XX, nuestros bisabuelos también querían permanecer conectados a la nueva red del momento, la que daba acceso a un nuevo mundo de ventajas y adelantos: la nueva red eléctrica. Esa red proporcionaba la energía necesaria para iluminar y para hacer funcionar un nuevo aparato –la radio–, que conectaba a los hogares de la época con el mundo, con los espectáculos, con la música, con las noticias, y todo sin salir del refugio del hogar.
Ésa fue la primera experiencia colectiva de que las barreras del espacio podían romperse por medio de la tecnología. También los pueblos y las ciudades habían peleado unos con otros unos años antes para que por ellos pasara otra gran red, la de ferrocarriles. Tener una estación era tener el potencial de ir a cualquier lugar cubierto por la red, incluso del extranjero; otra cosa es que uno tuviera el valor y el dinero para hacerlo, pero la red llenaba a esos pueblos de unas oportunidades que no tenían los que estaban más alejados de ella, desconectados. Los pueblos conectados a la red prosperaban a expensas de los otros, de los aislados. El valor de la red se plasmaba en esta riqueza sobrevenida.
Lo mismo pasaría años más tarde con la red de carreteras, con la red sanitaria, con la red educativa, etc. Una red dota a sus nodos de una riqueza enorme, de una riqueza potencial, sólo por pertenecer a ella. Es el valor de las oportunidades, que no necesitan siquiera hacerse realidad; el valor es un valor potencial, intangible.
El valor de las redes
Existe una ley teórica aplicable a las redes y que permite establecer matemáticamente su valor, la Ley de Metcalfe, que dice que el valor de una red de comunicaciones con n nodos aumenta proporcionalmente al cuadrado del número de usuarios del sistema (n²). Esta ley se aplica a redes telefónicas y a todo tipo de redes físicas y sociales, a usuarios de sistemas operativos o de aplicaciones, etc. Hay sesudos estudios que la cuestionan y aproximan más su valor a una función del tipo n*log(n).
No es mi interés entrar aquí en estos cálculos, pero lo que viene a mostrar esta ley (enunciada por primera vez por Robert M. Metcalfe, el inventor de Ethernet en la década de 1970) es el rápido aumento del valor de una red debido al aumento de sus nodos. Muchas de las desorbitadas valoraciones de empresas de Internet a finales del siglo XX, en la burbuja de las “puntocom”, se basaban en sus cálculos a partir de esta ley. Hoy, en pleno boom de las nuevas redes, las redes sociales (LinkedIn, Xing, Facebook, Orkut, MySpace, etc.), se vuelve a plantear el tema del valor de una red y de si dicha ley refleja o no este nuevo fenómeno.
Al mismo tiempo existe quien enuncia una ley inversa a la de Metcalfe, bajo la consideración de que la privacidad y la seguridad de una red son inversamente proporcionales al cuadrado de sus miembros. Es una clara alusión a uno de los principales problemas emergentes, la vulnerabilidad de los datos en las redes sociales.
Las propiedades emergentes son otro de los maravillosos resultados de las redes. Existen propiedades que no poseen los miembros individuales pero que sí emergen de la red; por ejemplo, una hormiga es un animal con un comportamiento bastante simple y con reglas muy definidas; sin embargo, un hormiguero posee un comportamiento complejo, muy flexible y fruto de la interacción entre sus miembros. Así, la teoría de la complejidad ha dejado de considerar el mundo en función del análisis de sus componentes individuales y ha pasado a entenderlo en virtud de sus redes y, sobre todo, de las interacciones de sus elementos.
El valor de la interacción
Lo que sí es evidente es que una red es más valiosa cuanto más interconectada está, puesto que permite más interacciones. Un ejemplo es el cerebro humano; el estudio de la fisiología de una neurona da pocas pistas sobre el verdadero potencial de un cerebro, del mismo modo que el estudio de un bloque de piedra nos dice poco sobre una catedral. Lo que verdaderamente nos da idea del valor de un cerebro es saber que en él existen cien mil millones de neuronas y que cada una de ellas puede tener hasta mil conexiones con otras, lo que da un valor de más de cien billones de sinapsis, de potenciales lugares de interacción química eléctrica, para almacenar recuerdos, tener emociones, procesar un pensamiento o una información, etc. Así, el consejo de la psicología actual, dada la plasticidad del cerebro, es estimular a éste con música, juegos, deporte, etc., en las etapas tempranas de la vida para configurarlo muy rico en conexiones, en nuevos caminos y, por tanto, hacerlo más apto para encontrar diferentes alternativas de interconexión, lo que debería configurar un organismo más rico en pensamiento y creatividad.
Internet hoy nos muestra un comportamiento similar. Las interacciones entre sus nodos, entre las personas que lo usan, se han multiplicado y con ellas ha surgido una creatividad fruto de la colaboración y la innovación en grupo, con personas situadas en diferentes lugares físicos del planeta. Grupos de no expertos pueden configurar redes con un potencial de conocimiento comparable al de centros de investigación. Esta idea me trae a la memoria una frase de un libro de Jorge Wagensberg, director del Museo de las Ciencias de Barcelona, a propósito de la colaboración y el diálogo: «Conversar es una buena idea porque, en general, no ignoramos lo mismo».
Así, las tecnologías actuales han multiplicado la conectividad y las interacciones. Antes de Internet, cuando un adolescente se encerraba en su cuarto con su ordenador se estaba aislando del mundo. Hoy cuando lo hace está más conectado con el mundo y es más dialogante que el resto de su familia que está viendo en ese momento la televisión, aunque aparentemente no lo parezca. El nuevo conjunto de tecnologías y servicios de Internet (blogs, wikis, redes sociales, etc.) que se ha venido a denominar con el “técnico” nombre de Web 2.0 como si fuera la fase 2 de algún proyecto, es sobre todo interacción, herramientas que facilitan el diálogo y la colaboración entre iguales.
Kevin Kelly en una charla sobre los 5.000 días de Internet ya pasados y los 5.000 próximos (véase http://www.Ted.com) valoraba las dimensiones de la Red en cifras de este modo: 55 billones (millones de millones) de enlaces entre páginas; 100.000 millones de clics por día; 8 terabytes de tráfico por segundo (media biblioteca del Congreso de los EEUU, 17 millones de libros, pasando por la Red cada segundo); 1.000 millones de chips de PC conectados por Internet; 2 millones de correos electrónicos por segundo y 1 millón de mensajes instantáneos por segundo.
Pensar en términos de red
En términos físicos y meramente comparativos, Kelly consideraba que en el año 2040 la capacidad de la Web superaría la capacidad de procesamiento de la humanidad, de todos los cerebros juntos de los seres humanos vivos. De este modo, la Red se convierte en la mayor y más fiable máquina creada jamás por el hombre en su historia. Una red que ya consume casi el 5 por ciento de la electricidad mundial y cuyo camino tecnológico la conduce a una deslocalización progresiva de los procesadores desde el interior de las máquinas (PC, móviles, automóviles, televisiones, etc.) hacia el exterior, hacia todos los elementos que nos rodean (relojes, puertas, ventanas, camas, farolas, semáforos, etc.), hasta conseguir una “Internet de las cosas interconectadas e interactivas”. Ésta sería la última frontera de las redes, la Internet de las cosas, la nube de procesadores, dentro de la que viviríamos y con la que interaccionaríamos en cada momento, no sólo cuando, como ahora, nos decidimos a conectarnos a Internet.
Tenemos mucho camino tecnológico por recorrer que es difícil de prever. Lo que sí parece cierto es que las redes van a ser el elemento clave de esta evolución. Hay que planificar y pensar en términos de redes y de propiedades emergentes, no sólo de individuos. Las empresas que estén detrás de estas redes, que sean importantes para ellas, serán imprescindibles en el futuro y ésta puede ser una de las claves de la supervivencia. ¡Larga vida a las redes!
Autor: José de la Peña Aznar de Fundación Telefónica
«Artículo publicado en el nº 78 de la revista TELOS»
Disponible en: http://sociedaddelainformacion.telefonica.es/jsp/articulos/detalle.jsp?elem=8685
martes, 30 de junio de 2009
Seguridad e intimidad: retos para la RFID
No es la primera vez que se rechaza una tecnología por desconocimiento, por desconfianza hacia ella o incluso por miedo a las consecuencias que pueda traer su utilización. A lo largo de la historia se encuentran ejemplos de cómo elementos que a día de hoy resultan imprescindibles para el desarrollo de la vida diaria, en sus inicios fueron rechazados o usados con cierta cautela. Por ejemplo, el teléfono, un elemento sin el cual no se puede siquiera imaginar el mundo actual, fue aceptado con algún reparo por ciertos sectores porque no se veía la utilidad de hablar con alguien a distancia cuando, en su lugar, podía enviarse un mensajero. En este caso parece que la reticencia a usar una nueva tecnología venía dada por no encontrar una aplicación práctica inmediata que mejorase el modo de vida que se llevaba en aquel entonces. Sin embargo, no sería de extrañar que la falta de confianza en que al otro lado del teléfono se encontrase realmente la persona con la cual se quería hablar y no otra, estuviera detrás de la anterior argumentación. Una tercera causa de ser reticente al uso del teléfono podría haber sido el hecho de que las conexiones en las centralitas se hacían de manera manual, es decir, las operadoras eran quienes establecían los enlaces entre los distintos abonados, por lo que existía la posibilidad de una pérdida de confidencialidad de los mensajes transmitidos, así como de la intromisión en la vida privada de quienes utilizaran este nuevo medio de comunicación.
A día de hoy, estos miedos y desconfianzas siguen estando vigentes, sólo que se aplican a los nuevos dispositivos que la tecnología va ofreciendo. Tal es el caso de la identificación por radiofrecuencia (RFID).
Aunque lleva utilizándose desde hace tiempo para la identificación y seguimiento de animales y objetos, la aplicación el campo de la identificación humana está generando una cierta inquietud. El riesgo de que los datos personales sean interceptados por terceras personas y la posibilidad de un control total sobre la vida de los individuos están en el origen del rechazo a la implantación del uso de sistemas RFID.
Como se ve, los problemas que se plantean están relacionados principalmente con la seguridad de los datos y la intimidad de las personas. Una de las particularidades de los sistemas RFID es que la información puede ser leída por un receptor sin que el dueño de los datos sea consciente de ello. Un ejemplo de este tipo de situaciones podría darse con el uso de pasaportes que utilizasen identificación por radiofrecuencia. Cualquiera que llevase uno de estos documentos en el bolsillo y pasase por las proximidades de un lector de radiofrecuencia, sería identificado automáticamente sin distinción de si este dispositivo hubiera sido colocado por los agentes de seguridad o por un grupo de delincuentes. El uso que se dé a los datos interceptados dependerá de las intenciones de aquel que los capture. El robo de identidad para tener acceso a zonas restringidas podría ser una de las primeras aplicaciones. Para conseguirlo bastaría con replicar en un chip la información recuperada de otro y, dado que existe la posibilidad de reescribirlos, podrían manipularse in situ los datos de cualquier persona.
También el uso de este tipo de identificación en el campo de la logística puede acarrear algún peligro para las personas. Las etiquetas RFID permiten a los productores seguir el rastro de sus mercancías desde el origen hasta el último estabón de su producción. En general, estos identificadores se desactivan una vez que el cliente pasa por caja y abona los artículos que ha adquirido. Podría darse el caso de que en un momento dado dejara de seguirse este procedimiento y la etiqueta continuara viva fuera de los límites del local comercial. Sería posible, entonces, detectar cuál es el domicilio del comprador, qué elementos componen su compra y qué uso hace de ellos. Se estaría facilitando el seguimiento, control y elaboración de perfiles de las personas por el mero hecho de acudir, por ejemplo, a un supermercado.
La solución al problema no es evitar el avance de la tecnología, sino encontrar el modo seguro de innovar. Esta seguridad se puede conseguir por dos vías principales: la tecnológica y la judicial. La primera de ellas entra en juego en el momento mismo en que se comienza el diseño de un sistema. Una de las premisas básicas debe ser preservar la seguridad de los datos que se van a tratar, tanto en su transmisión como en su almacenamiento. Si en vez de considerar la etiqueta RFID como un contenedor de datos se plantea como un medio para acceder a ellos, el sistema puede diseñarse almacenando en la etiqueta un número de identificación único (EPC) que posteriormente permita obtener la información escrita en una base de datos. Una vez leído el contenido de la etiqueta, sólo si se superan los controles de autorización y autenticación, se podrá acceder a los datos de la persona u objeto a identificar. A su vez, la información puede estar codificada mediante técnicas de encriptación y podrá ser descifrada únicamente por aquellos dispositivos de lectura que conozcan el método utilizado para ello.
La segunda de las vías es la judicial. Hay que saber que
La Unión Europea también trabaja con el objetivo de aumentar la confianza de los ciudadanos en el uso de la tecnología RFID y, desde hace años, tiene entre sus prioridades el estudio y la investigación de la seguridad y la protección de datos en este ámbito.
Todo lo anterior debe ir acompañado de una adecuada información a los ciudadanos. Según indica Celia Fernández Aller (Profesora de Derecho Informático de la Universidad Politécnica de Madrid):
También es importante la predisposición que los ciudadanos tengan hacia la aceptación o no de una nueva tecnología, y en este punto juegan un papel muy importante los medios de comunicación. A través de ellos se dan a conocer masivamente los nuevos descubrimientos, sus características y sus usos más inmediatos. Es importante que exista una presencia equilibrada de información que evite la inclinación de la balanza hacia uno u otro lado sin una reflexión previa por parte de los ciudadanos.
Puede decirse, por tanto, que la tecnología no es buena ni mala en sí misma, sino que son los usos que se hacen de ella lo que la lleva a ser aceptada o no. Inicialmente, toda innovación viene precedida de cierta desconfianza que puede estar justificada por la pérdida de seguridad o de intimidad que traiga consigo. El hecho de que los sistemas RFID hayan sido diseñados con el fin de identificar de manera precisa a aquel o aquello que porte una de sus etiquetas, hace que se genere un cierto recelo ante su uso. Es labor tanto de los creadores de la tecnología como de los legisladores, crear un ambiente de confianza que permita el desarrollo de la Sociedad del Conocimiento sin menoscabo de los derechos ya adquiridos sobre intimidad y seguridad, sin olvidar la influencia que los medios de comunicación tienen sobre la opinión pública.
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DOCUMENTACIÓN
A día de hoy, estos miedos y desconfianzas siguen estando vigentes, sólo que se aplican a los nuevos dispositivos que la tecnología va ofreciendo. Tal es el caso de la identificación por radiofrecuencia (RFID).
Aunque lleva utilizándose desde hace tiempo para la identificación y seguimiento de animales y objetos, la aplicación el campo de la identificación humana está generando una cierta inquietud. El riesgo de que los datos personales sean interceptados por terceras personas y la posibilidad de un control total sobre la vida de los individuos están en el origen del rechazo a la implantación del uso de sistemas RFID.
Como se ve, los problemas que se plantean están relacionados principalmente con la seguridad de los datos y la intimidad de las personas. Una de las particularidades de los sistemas RFID es que la información puede ser leída por un receptor sin que el dueño de los datos sea consciente de ello. Un ejemplo de este tipo de situaciones podría darse con el uso de pasaportes que utilizasen identificación por radiofrecuencia. Cualquiera que llevase uno de estos documentos en el bolsillo y pasase por las proximidades de un lector de radiofrecuencia, sería identificado automáticamente sin distinción de si este dispositivo hubiera sido colocado por los agentes de seguridad o por un grupo de delincuentes. El uso que se dé a los datos interceptados dependerá de las intenciones de aquel que los capture. El robo de identidad para tener acceso a zonas restringidas podría ser una de las primeras aplicaciones. Para conseguirlo bastaría con replicar en un chip la información recuperada de otro y, dado que existe la posibilidad de reescribirlos, podrían manipularse in situ los datos de cualquier persona.
También el uso de este tipo de identificación en el campo de la logística puede acarrear algún peligro para las personas. Las etiquetas RFID permiten a los productores seguir el rastro de sus mercancías desde el origen hasta el último estabón de su producción. En general, estos identificadores se desactivan una vez que el cliente pasa por caja y abona los artículos que ha adquirido. Podría darse el caso de que en un momento dado dejara de seguirse este procedimiento y la etiqueta continuara viva fuera de los límites del local comercial. Sería posible, entonces, detectar cuál es el domicilio del comprador, qué elementos componen su compra y qué uso hace de ellos. Se estaría facilitando el seguimiento, control y elaboración de perfiles de las personas por el mero hecho de acudir, por ejemplo, a un supermercado.
Nos encontramos ante una situación en la que las percepciones sobre la tecnología dan por hecho que el ciudadano se encontrará ante una situación de abuso y abandono [1]lo que podría derivar en un freno al desarrollo de nuevas aplicaciones o a la implantación de las ya existentes que, si bien pueden invadir la privacidad de las personas, también facilitan las tareas que habitualmente éstas últimas realizan.
La solución al problema no es evitar el avance de la tecnología, sino encontrar el modo seguro de innovar. Esta seguridad se puede conseguir por dos vías principales: la tecnológica y la judicial. La primera de ellas entra en juego en el momento mismo en que se comienza el diseño de un sistema. Una de las premisas básicas debe ser preservar la seguridad de los datos que se van a tratar, tanto en su transmisión como en su almacenamiento. Si en vez de considerar la etiqueta RFID como un contenedor de datos se plantea como un medio para acceder a ellos, el sistema puede diseñarse almacenando en la etiqueta un número de identificación único (EPC) que posteriormente permita obtener la información escrita en una base de datos. Una vez leído el contenido de la etiqueta, sólo si se superan los controles de autorización y autenticación, se podrá acceder a los datos de la persona u objeto a identificar. A su vez, la información puede estar codificada mediante técnicas de encriptación y podrá ser descifrada únicamente por aquellos dispositivos de lectura que conozcan el método utilizado para ello.
La segunda de las vías es la judicial. Hay que saber que
en la actualidad, ya hay suficientes datos disponibles sobre nosotros que pueden hacer que nuestra privacidad se pueda tambalear si no fuera porque la legislación vigente en estos temas impide el uso cruzado de toda esta información [2]lo que confirma la necesidad de una regulación que garantice un uso adecuado de cualquier tipo de información personal. En el caso español, la Ley de Protección de Datos (LOPD 15/99) aporta ciertas garantías al tratamiento de este tipo de información, al limitar el uso de los datos recogidos, exigir el consentimiento del interesado antes de la recogida y uso de sus datos personales, establecer responsabilidades sobre los propietarios y encargados del tratamiento de los ficheros de datos, definir los límites para la cesión a terceros y establecer el período de tiempo en el que se puede almacenar la información de carácter personal. Sin embargo, como en todo nuevo campo que se abre, se hace necesario una legislación más específica que no dé opción a la ambigüedad ni a una interpretación imprecisa que dejara vías de escape para aquellos que quisieran hacer un uso ilícito de la información.
La Unión Europea también trabaja con el objetivo de aumentar la confianza de los ciudadanos en el uso de la tecnología RFID y, desde hace años, tiene entre sus prioridades el estudio y la investigación de la seguridad y la protección de datos en este ámbito.
Todo lo anterior debe ir acompañado de una adecuada información a los ciudadanos. Según indica Celia Fernández Aller (Profesora de Derecho Informático de la Universidad Politécnica de Madrid):
La recogida y posterior tratamiento no deben realizarse abusando de la buena fe del individuo. Y para asegurar esto, nada mejor que exigir el consentimiento en el momento de la recogida, pero para prestar un consentimiento consciente se requiere información completa sobre el alcance y las consecuencias de su decisión [3]Es decir, de nada (o poco) sirve que las leyes garanticen la petición de consentimiento para la cesión de información personal, si la ciudadanía que debe ejercer este derecho no está preparada. Si no se sabe con exactitud qué datos se van a recoger, qué tipo de información es la que se puede requerir, cuál es el tratamiento que se va a realizar una vez que se esté en posesión de la información personal de un individuo, hasta dónde se puede investigar, cuánto tiempo estarán disponibles los datos y para quién, así como qué controles de seguridad están implementados y qué mecanismos de encriptación se aplican, no se podrán tener criterios para evaluar las posibles consecuencias de la cesión de datos personales.
También es importante la predisposición que los ciudadanos tengan hacia la aceptación o no de una nueva tecnología, y en este punto juegan un papel muy importante los medios de comunicación. A través de ellos se dan a conocer masivamente los nuevos descubrimientos, sus características y sus usos más inmediatos. Es importante que exista una presencia equilibrada de información que evite la inclinación de la balanza hacia uno u otro lado sin una reflexión previa por parte de los ciudadanos.
Puede decirse, por tanto, que la tecnología no es buena ni mala en sí misma, sino que son los usos que se hacen de ella lo que la lleva a ser aceptada o no. Inicialmente, toda innovación viene precedida de cierta desconfianza que puede estar justificada por la pérdida de seguridad o de intimidad que traiga consigo. El hecho de que los sistemas RFID hayan sido diseñados con el fin de identificar de manera precisa a aquel o aquello que porte una de sus etiquetas, hace que se genere un cierto recelo ante su uso. Es labor tanto de los creadores de la tecnología como de los legisladores, crear un ambiente de confianza que permita el desarrollo de la Sociedad del Conocimiento sin menoscabo de los derechos ya adquiridos sobre intimidad y seguridad, sin olvidar la influencia que los medios de comunicación tienen sobre la opinión pública.
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DOCUMENTACIÓN
[1] JIMÉNEZ, M., Tecnología RFID y el debate en la sociedad europea. RFiD magazine [en línea] 22 junio 2007. [Última consulta: 30 junio 2009]. http://www.rfid-magazine.com/opinion/index.php?id=1006
Nota: los contenidos no se encuentran indefinidamente en el portal.
[2] ABADÍA, L., La RFID y la garantía de privacidad. RFiD magazine [en línea] 22 junio 2007. [Última consulta: 30 junio 2009]. http://www.rfid-magazine.com/opinion/index.php?id=420
Nota: los contenidos no se encuentran indefinidamente en el portal.
[3] FERNANDEZ, C., La tecnología RFID y sus implicaciones jurídicas. datospersonales.org La revista de la agencia de Protección de Datos de la Comunidad de Madrid [en línea] 31 marzo 2009. ISSN: 1988-1797 [Última consulta: 30 junio 2009]
http://www.madrid.org/cs/Satellite?c=CM_Revista_FP&cid=1142540502890&esArticulo=true&idRevistaElegida=1142527411030&language=es&pagename=RevistaDatosPersonales%2FPage%2Fhome_RDP&siteName=RevistaDatosPersonales
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